
A Jennifer Sofía Hernández Salas, Celia R. A., María del Pilar Cabrerizo López, María Adela Fortes Molina, Paz Fernández, Dolores Vargas Silva, María del Carmen Ortega Segura, Patricia Zurita Pérez, Doris Valenzuela, María José B. J., Silvia Plaza Martín, Mar Contreras Chambó, María Soledad Álvarez Rodríguez, Josefa Martínez Utrilla, Magdalena Moreira, Francisca de Jesús Pérez Ixcayau, Raquel Díez Pérez, Marta Josefina Arzamendia, Maribel Fuente Antuña, Cristina Márin, Ali I., María Judite Martins Alves, María Isabel A.L., Mari Paz Martínez, Leyre González Justo, Ana Belén Varela Ordóñez, Estela Izaguirre, Ivanka Petrova, N.B., Lola, Eva B. F., Yésica Menéndez Fernández, Joeh Esther López Rosario, la muerte de un matrimonio de ancianos del barrio del Poble-sec de Barcelona, María de los Ángeles E. J., Nuria Alonso Mesa, Maguette Mbeugou, Manoli C. S, Ana Giménez, Aicha B., Fátima, Yolanda Jaén Gómez, Sacramento Roca, Laura Luelmo
Últimamente tengo la desagradable sensación de que este tipo de delito es menor, porque no se “ataca”, porque no se “persigue”. Catorce años!, catorce años de una ley que se supone hacía de este tipo de delitos, agravados, que el básico de homicidio o asesinato.
En el que el Código Penal de 1973 se distinguía entre homicidio, infanticidio, parricidio y asesinato. El primero consistía en la muerte de un sujeto; el segundo se producía cuando esa muerte se provocaba a un recién nacido; en el tercero, la muerte se causaba a uno de los familiares que la norma contemplaba, como luego expondremos; y, el último, es un homicidio agravado, cuando se emplean determinados medios para producir la muerte de otra persona (alevosía, ensañamiento, precio; etc.).
Con el Código Penal de 1995 desaparecen todas estas figuras delictivas, con excepción de las dos básicas: el homicidio y el asesinato. La relación de parentesco se contempla pues como una circunstancia mixta de tipo genérico, recogida en el art. 23 CP, y no está ínsita en la norma penal del homicidio y puede agravar o atenuar la responsabilidad criminal
La única especialidad que tenía este precepto, con respecto al homicidio, era que el sujeto pasivo tenía que ser descendiente, ascendiente o cónyuge, con lo que a su vez quedaba también delimitado el sujeto activo. Por lo tanto, los elementos delimitadores de carácter objetivo y subjetivo del tipo penal del parricidio eran los mismos que los del homicidio, con la salvedad de que los sujetos activo y pasivo estaban limitados a la relación de parentesco que en la norma se contemplaba. La imposición de una pena mayor en el parricidio que en el homicidio, estaba justificada por el plus de culpabilidad del sujeto activo al atentar contra la vida de un familiar. Es evidente que ese comportamiento merece un mayor reproche penal, por lo que el parricidio operaba como un homicidio agravado.
La Ley Orgánica 1/2004, de 28 de diciembre de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, pecaba ya de cierto optimismo al declarar en su Exposición de Motivos que hablaba de algo que «Ya no es un ‘delito invisible’, sino que produce un rechazo colectivo y una evidente alarma social». Ese rechazo y esa alarma no parecen haber redundado ni en una aplicación estricta de esta ley, ni en la amplificación de los recursos destinados a aplicarla, ni en la concienciación colectiva de las causas estructurales de ese delito; ya que se supone que el tratamiento que iba a tener en los casos de muerte del sujeto pasivo era el de homicidio agravado.
Por otro lado se nos informa que, en lo que llevamos de 2018, El número de condenas a maltratadores y las denuncias por violencia de género aumentaron durante el tercer trimestre de 2018 en España. Entre julio y septiembre, los órganos judiciales dictaron un total de 10.741 sentencias penales, de las que el 72,16% (7.751) fueron condenatorias, lo que supone un incremento de 2,3 puntos respecto a las del mismo trimestre de 2017, cuando representaron un 69,9% del total, según los datos difundidos este lunes por el Observatorio contra la violencia doméstica y de género del Consejero General del Poder Judicial (CGPJ).
Y entonces….ya está?.
A Jennifer Sofía Hernández Salas, Celia R. A., María del Pilar Cabrerizo López, María Adela Fortes Molina, Paz Fernández, Dolores Vargas Silva, María del Carmen Ortega Segura, Patricia Zurita Pérez, Doris Valenzuela, María José B. J., Silvia Plaza Martín, Mar Contreras Chambó, María Soledad Álvarez Rodríguez, Josefa Martínez Utrilla, Magdalena Moreira, Francisca de Jesús Pérez Ixcayau, Raquel Díez Pérez, Marta Josefina Arzamendia, Maribel Fuente Antuña, Cristina Márin, Ali I., María Judite Martins Alves, María Isabel A.L., Mari Paz Martínez, Leyre González Justo, Ana Belén Varela Ordóñez, Estela Izaguirre, Ivanka Petrova, N.B., Lola, Eva B. F., Yésica Menéndez Fernández, Joeh Esther López Rosario, la muerte de un matrimonio de ancianos del barrio del Poble-sec de Barcelona, María de los Ángeles E. J., Nuria Alonso Mesa, Maguette Mbeugou, Manoli C. S, Ana Giménez, Aicha B., Fátima, Yolanda Jaén Gómez, Sacramento Roca, Laura Luelmo, y sus familiares creo que no les baste este último dato sobre las sentencias; y a la sociedad en su conjunto tampoco les debería bastar.
Los asesinatos constituyen la punta del iceberg de una violencia omnipresente y soterrada que está arraigada en toda nuestra cotidianeidad. Porque el insulto, la vejación, el maltrato psicológico, también es violencia.
La violencia contra las mujeres, cuando se expresa en sus formas más luctuosas, provoca afortunadamente un rechazo generalizado y una creciente alarma social. Sin embargo, las causas de esa violencia parecen antojarse como invisibles o misteriosas, permanecen como un interrogante indescifrable en el imaginario colectivo o, como mucho, asimilado a la violencia sin más. El rechazo del hecho violento no va así de la mano de la conciencia crítica. Y tampoco hay una pedagogía orientada a hacer inteligible que esta violencia, antes que bastarda, tiene un apellido muy definido: es violencia de género.
La violencia de género no se puede entender como expresión de la violencia en general. Si se entiende así, se olvida que, estamos ante una forma de agresión que está tan enraizada en nuestra cultura que es percibida como el orden natural de las cosas o que, incluso, a veces ni siquiera es percibida. Esta forma de agresión se ejerce como maltrato, como incesto, como pornografía, como acoso, como violación, como ablación, como prostitución, como trata, como asesinato… Se ejerce, en fin, en las múltiples caras del terror.
Se trata de una violencia que se ampara en la estructura misma de la desigualdad entre los sexos que vertebra nuestras relaciones sociales. Esto es tanto como decir que la misma estructura social que, a través de diversos vehículos de expresión, condena las manifestaciones luctuosas de la violencia de género, perpetúa a la vez las condiciones de dominio de un sexo sobre otro como estructura central de relación y, con ello, sigue haciendo posible esa violencia.
Por qué una persona «permite» la fuerza en lo privado (la pregunta de por qué no se marcha que se hace a las mujeres maltratadas) es una pregunta que se convierte en un insulto por el significado social de lo privado como esfera de opción. Para las mujeres la medida de la intimidad ha sido la medida de la opresión.
Pero la sociedad, que se lamenta y guarda minutos de silencio ante cada asesinato de una mujer, sigue presa de la estupefacción y del interrogante ante este fenómeno. No hay voluntad política de trasladar a esa sociedad la respuesta a su incertidumbre, una respuesta que implica socavar los fundamentos mismos de los modos de vida y de relación en los que estamos inscritos. La violencia de género es violencia patriarcal y sólo desaparecerá cuando desaparezca ese sistema de dominación que, no sólo la hace posible, sino que la requiere como condición de su subsistencia. Mientras tanto, cada mujer asesinada por violencia de género engrosa el obituario de nuestra hipócrita y farsante igualdad.
Entender las razones últimas que están detrás de la violencia de género supone profundizar en las relaciones entre mujeres y hombres y en el contexto donde tales relaciones se producen. Ese contexto está cargado de historia, de cultura, y por tanto, de valores, ideas, creencias, símbolos y conceptos que pueden explicar por qué en ocasiones la violencia incluso se “ha naturalizado”.
Al hablar de violencia contra las mujeres es preciso clarificar qué teorías subyacen. Por ello resulta necesario este apartado que recoge algunos conceptos significativos de un marco teórico sobre la lucha contra la violencia hacia las mujeres.
La violencia de género es todo acto cometido contra el sexo femenino y puede tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico; es decir, la violencia contra la mujer es toda acción violenta que recibe una mujer por el simple hecho de serlo dañándola ya sea física o emocionalmente. La violencia contra la mujer es un problema de salud pública y es considerada un delito.
Considero que el denominar este tipo de violencia como violencia de género indica que es un problema social y una violencia específica que reciben las mujeres por el simple hecho de ser mujeres; es decir, ser relacionada con un origen concreto que establece estas características de género diferenciadas y a las que otorga distinta importancia según una jerarquía de valores que otorga una superioridad al género masculino sobre el femenino.
Por tal motivo es de suma importancia el identificar cuáles son las desigualdades ya superadas y cuáles son las persistentes para lograr una evolución social hacia nuevas identidades tanto masculinas como femeninas.
Las desigualdades entre mujeres y hombres hunden sus raíces en los estereotipos de género. Si por sexo se entiende el conjunto de diferencias biológicas, género es la diferente adscripción cultural que se le hace a cada uno de los sexos en el proceso de socialización de las personas. Es decir, la asignación de distintos espacios de actuación para mujeres y hombres y, por tanto, de roles, valores, comportamientos, actitudes, expectativas, etc., y éstos pueden variar según el lugar y el tiempo.
La igualdad es el derecho a un mismo trato y de oportunidades en el acceso, ejercicio y control de derechos, poder, recursos y beneficios, sean cuales sean las características individuales.
Ni todas las mujeres son idénticas, ni todos los hombres tampoco. La diversidad es consustancial a la vida. Hablar de igualdad supone respetar la diferencia de mujeres y hombres teniendo en cuenta la diversidad, tanto de unos como de otras, a la vez que corregir la tendencia actual de imposición y generalización del modelo masculino. Se trata, en suma, de que mujeres y hombres sean iguales en la diferencia.
La clave del problema está en cómo se supone que deben ser los modelos masculinos y femeninos en la sociedad, porque los que se muestran y reproducen en la nuestra están muy desfasados y son discriminatorios.
El problema es que mucha gente todavía los considera válidos y por tanto esas ideas tan tradicionales y negativas de la femineidad y la masculinidad se perpetúan en el tiempo. Y hablo desde la perspectiva vigente de la juventud. Todos los días salgo a pasear con mi perro al parque y me encuentro con grupos de gente joven (calculo rondan entre los 14 a 17 años) y escucho conversaciones, exabruptos que me dejan estupefacto, pues era de los incrédulos que pensaba que aquello estaba superado, veo como chicos recriminan a chicas por su falda corta, o llamarlas putas o guarras, y ellas asumirlo y callar, …..
Es nuestro modelo social el máximo legitimador de la violencia de género. Tenemos que ser capaces de cuestionarnos qué tipo de sociedad creamos que genera maltratadores, qué sociedad genera esta patología del vínculo amoroso.
Sé que esto no servirá para nada, solo a mí como desahogo del asqueo que me sube ya por la garganta, y que necesito “soltar”, verbalizar del algún modo. Me gustaría que hombres y mujeres se unieran a la lucha de éstas por cambiar las cosas, que se exigieran los cambios que fueren necesarios para acabar con esta lacra, como se acabó con otras como el terrorismo, por ejemplo.
El “desfile” de campañas institucionales, de radio, de televisión y de empresas que aseguran estar concienciadas con este tema. Un desfile de dos caras. Una positiva, porque si algo se ha conseguido desde el movimiento feminista es que el tema esté en todas partes, y la otra no tanto, la de la necesidad de que esas campañas sigan evolucionando.
Desde hace varios años el objetivo es cambiar el mensaje, no culpabilizar o estigmatizar a las víctimas, dirigirlo también a quienes maltratan. Ampliar el foco. Hablar de todas las formas de violencia contra las mujeres y niñas, que son múltiples y diversas y no se limitan a las relaciones de pareja; debemos hablar de los hijos e hijas de las mujeres que viven y sufren esa violencia y que también son, en ocasiones, asesinados; hablar de las mujeres que son violadas en nuestro país cada ocho horas y lo denuncian, según los datos de la fiscalía; de las mujeres que son explotadas sexual y laboralmente; de aquellas que sobreviven en los márgenes de la marginación.
Las campañas todavía no han dado esos pasos tan amplios y se trabaja cada tema en cada día estipulado para ello. La cuestión entonces es cómo. Tal vez, este próximo o siguiente 25 de noviembre sea el momento de dejar de hablarle solo a la víctima, de abandonar el discurso extendido del “denuncia mujer”. Tenemos un sistema que a veces falla, que a veces no consigue proteger a las víctimas, que a veces las violenta doblemente. Y no es que la salida sea no denunciar; significa que existe una necesidad urgente de que la ley integral se cumpla y de que todos los estamentos que están vinculados con la atención y la protección de las mujeres maltratadas y sus hijos e hijas, tengan la formación y los recursos necesarios para que su trabajo sea eficaz.
Esto pasa porque la ciudadanía, como parte consciente de todo este proceso, también se mantenga firme y reclame su cumplimiento; porque el movimiento asociativo tenga las posibilidades y las estrategias para dar cobijo a estas mujeres y a su entorno en un proceso, en el cual todas las manos que ayuden —siempre con el requisito indispensable de la formación—, sumen; porque los Ayuntamientos tengan ya de forma efectiva los recursos económicos y profesionales para facilitar este trabajo; y por la necesidad de un mensaje que abarque toda la problemática.
La violencia de género afecta a la toda la sociedad y, sin embargo, se deja fuera de la comunicación a muchos actores, directos e indirectos, de esta violencia. Es también necesario apelar a quienes todavía miran hacia otro lado cuando ven una agresión, un roce en el metro, o un insulto en la calle, a esos vecinos que escuchan la violencia y suben el volumen de la tele y luego salen en los telediarios, a quienes en las barras de los bares niegan que esto sucede a pesar de que, si se presta un poco de atención, la inmensa mayoría tendrá a alguna mujer cerca que ha sufrido algún tipo de acoso, abuso o agresión.
A jueces y fuerzas y cuerpos de seguridad, a los equipos sanitarios y psicosociales que las atienden y elaboran los informes que luego van a servir en los procesos judiciales. A las empresas que siguen pagando menos a las mujeres o las mantienen en espacios donde es casi imposible mejorar sus condiciones profesionales y económicas.
A aquellos medios de comunicación que, aunque elaboran campañas y contenidos durante los días alrededor del 25N, mantienen después contenidos sexistas, estereotipados o violentos. Esos que tienen en sus platós a hombres que insultan a las mujeres.
De verdad que espero que seáis las últimas, Jennifer Sofía Hernández Salas, Celia R. A., María del Pilar Cabrerizo López, María Adela Fortes Molina, Paz Fernández, Dolores Vargas Silva, María del Carmen Ortega Segura, Patricia Zurita Pérez, Doris Valenzuela, María José B. J., Silvia Plaza Martín, Mar Contreras Chambó, María Soledad Álvarez Rodríguez, Josefa Martínez Utrilla, Magdalena Moreira, Francisca de Jesús Pérez Ixcayau, Raquel Díez Pérez, Marta Josefina Arzamendia, Maribel Fuente Antuña, Cristina Márin, Ali I., María Judite Martins Alves, María Isabel A.L., Mari Paz Martínez, Leyre González Justo, Ana Belén Varela Ordóñez, Estela Izaguirre, Ivanka Petrova, N.B., Lola, Eva B. F., Yésica Menéndez Fernández, Joeh Esther López Rosario, la muerte de un matrimonio de ancianos del barrio del Poble-sec de Barcelona, María de los Ángeles E. J., Nuria Alonso Mesa, Maguette Mbeugou, Manoli C. S, Ana Giménez, Aicha B., Fátima, Yolanda Jaén Gómez, Sacramento Roca, Laura Luelmo, y no puedo por menos que expresaros, donde quiera que estéis mis condolencias, y mi profundo pesar por vuestra pérdida.