
Las “personas mayores”, esos que en la actualidad se nos están yendo a miles durante esta pandemia, sobre todo el sector de población nacido entre 1935-1940; no pertenecen a la generación mejor preparada de la Historia de España, no, porque durante la posguerra -y se lo he oído contar de sus labios- en donde se vivía de la agricultura tenían que dejar la escuela para ayudar a las labores de casa, con nueve y diez años de edad.
Estas “personas mayores”,de ochenta y de más de ochenta, a las que no les hemos podido decir adiós, ni nosotros ni sus más allegados -y han recibido la sepultura en serie y on-line, como si fueran números de una estadística monstruosa, en una fosa común surrealista en pleno siglo XXI-; no pudieron ir a la Universidad, porque la escasez de alimentos en la posguerra reclamaba todo esfuerzo, todas las horas para poder encontrar una barra de pan, aunque fuera de centeno, un litro de aceite, unos granos de arroz para alegrar el cocimiento de la patata….., “las cartillas de racionamiento en las ciudades” – mi suegra que en paz descanse, me contaba que iba andando de la mano de su hermano mas pequeño a hacer cola”-.
Estas “personas mayores”, cuyos ataúdes se almacenan en palacios de hielo que seguramente ellos nunca visitaron en vida, alcanzaron el último tren del turismo, cuando ya estaban jubilados, y gracias a esos programas del IMSERSO- que se hicieron no tanto para alegrarles la vida en el último tramo, sino para sostener el tejido de los servicios hosteleros, una industria fundamental en nuestros país al habernos convertido en un país casi exclusivamente de servicios, sin industria- comprobaron que existía Benidorm, y Palma de Mallorca, y que Canarias estaba en verdad muy, muy lejos.
Estas “personas mayores” nacieron en los últimos años de aquella República desastrosa, llena de pistoleros de derechas y anarquistas con más armas que cerebro, o en el fragor de una Guerra Civil en la que hasta los hijos de los mismos padres podían estar en trincheras diferentes, tratando de matarse.
Estas “personas mayores”, en su mayoría, guardaban un discreto silencio sobre los horrores vividos o contado en el seno de unas familias, que ni siquiera eligieron bando, porque fue el azar geográfico el que determinó que uno estuviera y se impusiera el deber de sobrevivir en un bando o en otro. Y nunca, nunca, a ninguno de ellos, les escuché la necesidad de una memoria histórica, porque ellos la tenían grabada en lo más profundo, y hasta la podían revivir, visitando alguna tumba, o mirando un barranco, una cuneta, donde les contaron que fue asesinado alguien de la familia.
Me duele pensar que hemos revivido nuevamente las “dos Españas”, y los bandos, los “rojos” y los “azules”, cuando era algo superado que mi generación y la de mis hijos no habían vivido, gracias a ellos, a su silencio aludido anteriormente.
Estas “personas mayores” fueron la generación que más miedo pasó durante la etapa de la Transición, porque habían vivido los años más duros, los años en que la Dictadura mostraba su cara auténtica y sin disimulos. Y aún así redoblaron esfuerzos para sacar adelante a sus familias y contribuir al progreso de la sociedad.
No, efectivamente puede que no fuera la generación mejor preparada académicamente, ni la que contaba con más licenciaturas universitarias, pero fue la generación mejor atrincherada para el sacrifico, para la entrega, para la lucha, para la renuncia al disfrute propio si no era con el de su familia, y la que construyó los cimientos del bienestar del que luego disfrutamos TODOS.
Por ello me duele, me duele, que ahora estén siendo éstas “personas mayores” las que, al final, sean la generación a la que le hemos negado un respirador pulmonar, porque ya eran viejos, después de habérnoslo dado todo; a la que “si se mueren mala suerte, ya han vivido lo suyo”, o las que “bueno si se mueren menos pensiones deberemos soportar”, o las que “si mueren y hay menos pensiones habrá mas trabajo para la población activa”, o las que “deben sacrificarse porque ya no pueden producir, cuando haya que revitalizar la economía”.
Esto es una simple reflexión propia, no es una proclama política, ninguna reivindicación…, bueno sí, una reivindicación moral, para mí, si que lo es, porque me parece que esta sociedad -incluyéndome-, somos indignos, no les llegamos ni a la suela de los zapatos.
No represento a nadie, ni a nada, pero me gustaría decirles a esas “personas mayores” que les pido perdón, en mi nombre y en el de mi familia al menos. Su razón de ser fue la continua entrega a los demás, a sus familias, y a los demás ayudando al progreso; y su escena final un respirador que se le niega, al que sigue la muerte en soledad.
Nacieron entre ruidos de bombas y tiros, y se van en una pandemia, y en el medio, toda su vida de entrega.
D.E.P. y Gracias por todo!!!!!