AHORA QUE EL AÑO VA LLEGANDO A SU FÍN…… REALIDADES Y DESEOS PARA EL AÑO QUE COMIENZA (1 de 2)
AHORA QUE EL AÑO VA LLEGANDO A SU FIN…REALIDADES Y DESEOS PARA EL AÑO QUE COMIENZA (3 de 3). FELIZ 2019!

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«Los que peinamos canas desde hace algunos años, podemos recordar y llamar la atención sobre un cambio sustancial que se ha operado en la sociedad española en el espacio de cuarenta años»…..

Otro estímulo negativo en este año y que nos genera frustración, es sin duda la situación política, sobre todo política, y social que hemos percibido durante 2018.

En el inicio de los años noventa del pasado siglo, el triunfo de la democracia liberal frente al comunismo, con la caída del Muro de Berlín, parecía que iba a ir acompañado, de la mano de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher, de un reforzamiento de la sociedad civil en detrimento del creciente poder del estado sobredimensionado. En España ha ocurrido justo lo contrario.

Los que peinamos canas desde hace algunos años, podemos recordar y llamar la atención sobre un cambio sustancial que se ha operado en la sociedad española en el espacio de cuarenta años. No se trata de nostalgia ni de reivindicar el final de una época autoritaria, superada gracias al gran acuerdo de la Transición de 1978. Se trata de constatar una realidad: en 1975 la sociedad civil española era más viva, activa e independiente que la presente de 2018.

Vayamos por partes. La Iglesia católica mantuvo y ganó una destacada posición en la sociedad durante aquellos años. Todos recordamos al Cardenal Tarancón; hoy, muy pocas personas conocen el nombre del actual presidente de la Conferencia episcopal y la presencia pública de la Iglesia (y la asistencia a los oficios religiosos) es mucho más limitada.

Los colegios profesionales, singularmente el de Abogados (Antonio Pedrol) y el de Doctores y Licenciados (Eloy Terrón), raro era el día que no se manifestaban en defensa  de alguno de sus colegiados y sus opiniones, sobre diversos aspectos de la vida política y cultural, estaban presentes en los medios de comunicación y en los debates públicos.

La Universidad era un ámbito de protestas y movilizaciones, en 1975, en favor de la libertad y sus catedráticos, muchos de ellos, eran prestigiosos maestros cuya opinión se escuchaba con respeto. Hoy, la ampliación desmesurada de universidades públicas, algunas casi sin alumnos, pero plagadas de profesores vitalicios colocados por los políticos autonómicos, ha hecho decaer el prestigio de la institución. En algunos casos, de manera dramática como hemos comprobado con el reciente escándalo de los “másters” de la Universidad Juan Carlos I.

Las Reales Academias han sido capaces de mantener una cierta independencia del poder político. Sus centenarios estatutos les han protegido de la invasión de un eventual cupo de miembros elegidos por los partidos políticos. Sin embargo, las academias actuales están, en muchos casos, ausentes del debate político nacional, cosa que no ocurría en 1975. Ejemplo: la absurda tontería progre de género que afecta “a todos y a todas” y la memoria histórica.

En el mundo de las finanzas, los Siete Magníficos, los siete presidentes de los principales bancos privados españoles constituían una respetable referencia de opinión y de acción. Los Consejos de administración de aquellos bancos estaban compuestos por  un par de centenares de apellidos de familias cuyos nombres eran conocidos y sus opiniones tenidas muy en cuenta. Hoy muy pocos saben el nombre de los que componen el Consejo de Administración del BBVA. Ese mundo ha desaparecido y en su lugar observamos un peregrinaje sumiso de directivos del Ibex a la Moncloa, que apenas se atreven a opinar nada inconveniente o que pueda parecer molesto al gobierno.

En cuanto a los intelectuales, es evidente que muchos  lectores han sido sustituidos, por una sociedad constituida por aquéllos que ven pero que no entienden, que no piensan. No obstante, el salto ha sido repentino y excesivo. Nombres como José Luis López Aranguren, Julio Caro Baroja, Julián Marías, Javier Pradera… Independientemente de nuestro acuerdo o desacuerdo con sus opiniones, lo cierto es que no han surgido sustitutos. Puede decirse que los intelectuales influyentes han desaparecido del panorama público español. Rara vez se aprecia un debate en las Tribunas de opinión de la prensa. Un artículo, más o menos controvertido o políticamente incorrecto, pasa de un día para otro y sólo se salva si, gracias a la red, conoce una difusión y permanencia mayor que en el pasado.

Muchas  asociaciones y ONG actuales son más bien apéndices subvencionados de los partidos políticos que expresión espontánea de la sociedad. En 1975, las subvenciones a las asociaciones y fundaciones prácticamente no existían y el ámbito asociativo, limitado y vigilado, al menos no dependía para su continuidad de la benevolencia del gobierno nacional de turno, de la autonomía o del municipio.

En 1975, los altos funcionarios de Estado, abogados del Estado, diplomáticos, jueces,  etc., gozaban de un gran prestigio social como cuerpo y mantenían una cierta discreción con el nombre de sus componentes. Cierto que, también entonces, ocupaban las mayores responsabilidades administrativas, pero ahora es como si el incremento de la fama fuera en desdoro de unos y de otros. Lo vemos en los innumerables abogados del estado famosos como Cospedal, Soraya Sáenz de Santa María, Arias Cañete, el juez Garzón, el diplomático Moragas…

La pregunta es: ¿Por qué en nuestra democracia se ha producido esta involución, este debilitamiento de la sociedad civil? A mi juicio la respuesta es que lo que se ha reforzado es el poder del estado y, sobre todo, el régimen del 78 ha generado una administración mastodóntica. En España lo que hay es mucha administración y poca capacidad política del estado para proteger los derechos de los ciudadanos. Te vigilan y sancionan si te pasas en la carretera de velocidad diez kilómetros a la hora, pero no hay poder un político efectivo para proteger tu derecho a que tus hijos estudien en español en la escuela en algunas comunidades autónomas.

Matamos a dos perros de raza peligrosa y de gran tamaño, por atacar a sus dueños, pero no votamos la prisión permanente revisable, para reos reincidentes e incapaces de reinserción porque atenta contra los derechos humanos, y yo me pregunto, contra los derechos humanos de quién, de la víctima?.

Este año, que ha puesto de nuevo en ridículo a la justicia española, es una muestra más de que algo no va bien en ese poder fundamental de nuestro estado de Derecho. La política, los políticos, llevan años enredando en el funcionamiento de los tribunales, utilizando a la Fiscalía para sus propios asuntos, mangoneando todo lo que pueden en la elección de los jueces.

Se trata de vasos comunicantes: a más sociedad menor capacidad del estado; con más estado y administración, menor poder e independencia de los ciudadanos en una  sociedad libre. El sistema político español de Estado de partidos, una democracia muy deficiente, ha facilitado a las administraciones unos recursos y capacidades de intervención, en todos los ámbitos de la vida social y privada, desconocidos incluso durante el final del régimen autoritario del General Franco.

Estamos en un estanque: políticos mediocres, sin ideas y sin ganas de hacer nada que no sea permanecer en el cargo dominan los resortes del poder. ¿Alguien cree que de la realidad política que tenemos delante puedan salir soluciones a los gravísimos problemas que tienen España o los españoles? Pues que se vaya desengañando. Estamos en un estanque, como lo hemos estado en otras etapas de nuestra historia. Las más aciagas, por cierto. Hace tres o cuatro años pareció que algo, o mucho, empezaba a moverse. Esas dinámicas parecen hoy subsumidas por una relación de fuerzas que neutraliza su potencialidad de cambio. Políticos mediocres, sin ideas y sin ganas de hacer nada que no sea permanecer en el cargo dominan los resortes del poder. Sin contrapesos institucionales que los limiten. Y si no ocurre un milagro, o un desastre, así vamos a seguir.

Cuando Podemos y Ciudadanos entraron en escena, se creyó que algo muy serio iba a pasar. El panorama político quedó dividido en dos partes. De un lado, los dos partidos que desde hacía más de tres décadas se habían alternado en el poder y lo habían hecho suyo. Del otro, dos fuerzas que representaban el enorme malestar que la crisis y la corrupción habían generado en muy amplios sectores de la sociedad, seguramente en la mayoría de la ciudadanía. En la izquierda, en la derecha, en el centro y en la ingente masa de los que no eran de nada.

Las elecciones municipales y las generales de 2015 confirmaron que los dos partidos emergentes, cada uno en su dimensión, eran capaces de golpear duramente al bipartidismo, incluso de amenazar su existencia. PP y PSOE perdieron muchos millones de votos y no pocos escaños y alcaldías. La posibilidad de un vuelco a medio plazo dejó de ser una hipótesis para convertirse en una posibilidad real.

Pero 2016 fue el año del estancamiento de esa perspectiva. Diez largos meses sin gobierno aguaron la fiesta y los ánimos de cambio. A toro pasado es fácil decir qué es lo que unos y otros deberían haber hecho para que eso no ocurriera. Pero también para descubrir las razones por las cuales actuaron de la manera en que lo hicieron y que terminó por dar de nuevo el poder a una derecha liderada por una persona que hasta los suyos consideran acabado desde hace mucho tiempo. Y saben qué?, para mí mucho diagnóstico (si, aquello del populismo, decir lo que pasa…) pero pocas soluciones.

El PP hizo lo que tenía que hacer. Es decir, aprovecharse de las debilidades y de las contradicciones de los que si se juntaban podían sacarlos de La Moncloa. Todos ellos, el PSOE, Ciudadanos y Podemos, habían levantado esa misma bandera en la campaña de las elecciones de diciembre de 2015. Luego fueron incapaces de llevar a la práctica ese objetivo. Por motivos que han generado ríos de tinta.  La incapacidad de pacto, (aquí y en general en nuestra historia); y otra vez, no nos engañemos, por mantener el sillón; sin indicar quien tuvo la culpa de la misma, marcó el fin de la dinámica de cambio que había hasta entonces en la política y en la sociedad española. Y mucha gente de a pie, así lo percibió entonces o un poco después.

El PP siguió gobernando con buena estrategia económica pero con nula capacidad para las políticas sociales y defensa de los ciudadanos, prostitución en favor de la banca, deshaucios, y un largo etcétera.

Pero hete aquí que irrumpe en escena el Sr. Sánchez y el PSOE, con su moción de censura, (Y digo señor Sánchez, porque entonces era y hablaba como ciudadano Sánchez, ahora ya los hace como Presidente Sánchez), que convertido en el más populista de todos, dice y se contradice a la misma velocidad de la luz.

El PSOE, –el “nuevo” PSOE-, está dando los primeros pasos de la mano de la nueva Dirección, algo obsesionada por mostrar de forma ostensible que esa nueva Dirección (Órgano directivo del PSOE) va a imponer una nueva dirección (orientación, destino) en sus acciones. Ejemplo: la nueva Secretaria de Cohesión Social, Nuria Parlon, ha advertido que pedirá ayuda internacional antes de permitir que se aplique el Artículo 155 de la Constitución que trata de la suspensión de la Autonomía para Cataluña, en un giro más que absurdo para acercarse a las posiciones de Podemos que, no atreviéndose a aplicar la Ley, se empeña en defender un “derecho a decidir” que no cabe en ninguna legislación europea. Cabe pensar que sus palabras hayan sido mal interpretadas pero la pusilanimidad mostrada ante el desafío catalanista es más que evidente.

El nuevo tiempo entroniza un nuevo término en el debate político: “podemización”. Al menos en el ámbito de la izquierda. Es verdad que el modo de intervenir en la Política, en los diferentes parlamentos y foros de debate ha adoptado una nueva manera de abordar los problemas de los ciudadanos desde que han llegado las dos fuerzas políticas (Ciudadanos y Podemos) que, bajo la denominación compartida de “nueva política”, tan ambigua como inconsistente, han convertido el debate profundo y serio de otro tiempo en puro cuchicheo que, hoy por hoy, se ajusta mucho más al comportamiento propio de la calle que al antiguo debate propio de las ágoras griegas.

El lenguaje jamás es inocente porque las jergas responden a intenciones bien diversas. Cuando Podemos, -y en alguna medida también Ciudadanos-, dejaron de utilizar términos significativos como “sociedad” o “ciudadanos (ciudadanía)” para hablar de “la gente” el lenguaje político de los parlamentos perdió gran parte de su solvencia. Descender al nivel de “la gente” (en el sentido más burdo y abstracto del término, como hacen los líderes de Podemos), ha servido para banalizar muchos debates en los que se dejan a un lado la auténtica dimensión social que debe inspirar cualquier decisión política, que debe entender con minuciosidad que “ciudadanía” no es un concepto igual, ni parecido siquiera, al concepto “gente”.

Cuando la nueva Dirección del PSOE ha optado por abstenerse y retirar su apoyo al Tratado de Libre Comercio de la UE con Canadá (CETA), después de que la anterior Dirección, aunque se tratara del mismo partido, decidiera apoyar la propuesta, está confundiendo esencia y estrategia. Tal como ha advertido el socialista Moscovici, “hay que conciliar ser de izquierdas y ser creíble”, por lo que se abre un nuevo tiempo: ¿es lo más importante el mero convencimiento, basado en postulados y dogmas ideológicos, o lo es la utilidad que puedan tener nuestras decisiones para resolver los problemas que afectan a la sociedad y a los ciudadanos? Da la impresión de que los “nuevos” socialistas prefieren regodearse en una falsa infalibilidad de sus ideas, siempre cuestionable, que empeñarse en la articulación de medidas políticas, sociales y económicas que, no siendo perfectas, puedan ser consideradas suficientes y, sobre todo, las únicas posibles en un sistema democrático.

Ahí radica lo que se ha dado en llamar “podemización” del PSOE. ¿Va a funcionar a partir de ahora el PSOE del mismo modo que Podemos? Si así fuera caería en un grave error, en todo caso, no es el PSOE el que debe “podemizarse”, sino Podemos  el que debe ir reformando sus modos de entender la acción política para acercarse, y asumir, los modos de hacer del PSOE a lo largo de su existencia, porque esos modos arrojan un bagaje abundante y un balance muy positivo. La mal llamada “podemización” del PSOE constituye un vicio poco aconsejable, adquirido a causa de la prisa que acucia a sus líderes en su obsesión por llegar a ser Presidentes del Gobierno lo antes posible.

Sí, el PP es un partido cuestionado no solo por ser de derechas y, por ende, injusto en sus propias ideas, sino por los casos de corrupción que han tenido arrope en sus filas y en las Instituciones por él gobernadas. En ese contexto la prisa por llegar al poder ha aumentado y los posibles sustitutos de Rajoy se han puesto a esprintar en lugar de continuar sus andaduras, que en Política casi siempre son largas. No es buena esa prisa porque esprintando no se perciben los detalles del paisaje, imprescindibles para dimensionar con fiabilidad los problemas. El Sr. Sánchez no solo es que se haya dado prisa, en mi humilde opinión, (respeto todas), es que ha dinamitado hasta los propios principios consustanciales de la democracia, y, Sánchez no ha pasado por las urnas y no quiere pasar ya por ellas. En su lugar, se entrega a quienes debería contener, provocando una emergencia democrática que exige ya Elecciones.

Pedro Sánchez se ha convertido técnicamente en el séptimo presidente de España desde 1978, pero en unas condiciones que le deslegitiman como tal y hacen simplemente inviable su Gobierno. Alcanzar la presidencia sin los votos necesarios para ello es, en sí mismo, un fraude democrático del que el nuevo inquilino de La Moncloa es bien consciente: sólo así se entiende su empeño en evitar a toda costa convocar a los ciudadanos a unas Elecciones Generales, tal y como parecería razonable en quien ha justificado su moción de censura como una emergencia nacional. Si es así, ¿no son los españoles quienes tienen que resolverla con su voto?

Esa sensación se agrava al constatarse cómo ha completado su falta de apoyos directos, redoblando el fraude al añadirle el respaldo de quienes, en realidad, deberían estar aislados y no computar a efectos democráticos mientras sostengan un desafío anticonstitucional a la democracia y al Estado de Derecho.

Lejos de ayudar a ese aislamiento, como se había logrado con el acuerdo estable entre PP, PSOE y Ciudadanos; Sánchez se ha entregado a PuigdemontERC y Bildu para, en compañía de Podemos, atrapar a cualquier precio lo que por dos veces le habían negado los ciudadanos con su voto. Apelar a la legalidad del proceso o a su aritmética como única manera de legitimar esta operación nada democrática es un recurso endeble que pervierte su naturaleza constitucional para convertirlo en una herramienta de asalto.

Al líder del PSOE no debería hacerle falta escuchar que alcanzar así la presidencia, legitimando a los mismos partidos a los que hasta ayer él mismo tildaba de ultraderechistas, antidemocráticos y xenófobos, es intolerable. La primera obligación del presidente de España es cumplir y hacer cumplir la Constitución, y es simplemente imposible que respete ese mandato si sólo ha sido capaz de llegar al puesto gracias a quienes intentan acabar con ella.

Pretender que su mera presencia es garantía de nada, con La Moncloa intervenida por quienes sin duda le van a pasar la correspondiente factura, es un ejercicio de filibusterismo, de ignorancia y de irresponsabilidad a la vez: si el soberanismo no ha dudado en desafiar al Estado y a la alianza de tres grandes partidos, ¿cómo no va a incrementar esa presión ante un muro de contención mucho más débil que le debe el puesto?.

En una democracia sólida, no vale todo: los procedimientos constitucionales nacen de un espíritu etéreo pero fácil de entender, pues resume la voluntad del pueblo siempre, que se malversa cuando se utiliza la letra y se desprecia su fin último. Lo que ha hecho Sánchez, denigrando el voto ciudadano y negándose a ponerse a prueba ante las urnas, es conculcar esa máxima para asaltar el poder de manos de quienes sólo se lo entregan para utilizarlo contra el país que va a presidir.

No es una opinión, es un hecho, y el propio Sánchez lo había dicho en incontables ocasiones en los últimos meses. Pero también lo recalcan cada día, de palabra y obra, el PdeCat, ERC o Bildu, tres de sus valedores sin los cuales, simplemente, no sería presidente.

La corrupción, un problema sin duda relevante que en un Estado de Derecho se juzga políticamente en las urnas y penalmente en los tribunales, no ha sido más que una coartada para camuflar la verdadera naturaleza de una trampa política que desprecia la base de la democracia al prescindir, de manera burda, de la ciudadanía: ni se ha respetado lo que votó, por dos veces en poco tiempo, ni se le ha querido preguntar si acaso su opinión había variado.

España vive una emergencia democrática que sólo se puede solventar acudiendo a las urnas. Pero el presidente que ha llegado sin contar con ellas ya está haciendo lo imposible por ignorarlas de nuevo. No se trata de defender al PP ni a Rajoy, cuyos errores y aciertos ya los juzgará la historia, sino de entender que el sustento mismo de la democracia y la convivencia ha sido pisoteado por quienes se han servido de ella para lograr lo que ella les había negado.

Convocar Elecciones es, pues, una urgencia que ha de ser atendida en el menor plazo posible. Y que haya que recordarle algo tan obvio a quienes más habían presumido de defender la democracia participativa, lo dice de su auténtica naturaleza.

Vox es el Podemos de enero de 2015, aquel fenómeno transversal en el que desencantados del bipartidismo vieron en la formación morada algo nuevo, gente/ciudadanos de izquierdas, centro o incluso de la derecha a los que no les gustaba ni el PP ni el PSOE. Ciudadanos (versión nacional) aún no existía. Podemos no tuvo al principio muy clara su ideología. Vox, en cambio, un partido emergente, la gran sorpresa de la temporada política, siempre la ha tenido clara. Diáfana.

«¿Extrema derecha, ultras? “No somos nazis, ni queremos el exterminio”, “que salgan los tanques”. Sí, esto también se oye en los mítines de Vox.  Porque hay muchos ‘voxes’. Empresarios, gente acomodada, los de la banderita en la muñeca, pijos de toda la vida, funcionarios, y gente que apenas llega a fin de mes, taxistas cabreados. La misma transversalidad social que el Podemos de 2015. Y en las antípodas ideológicas, claro está.

Veremos a ver donde nos lleva esto…..

Continuará…..