

«Este año no quiero caer en el típico deseo de: “Paz en el mundo, salud y amor”. Me gustaría que 2019 fuera un año en el que se abordara con mayor éxito, por ejemplo, el maltrato a la mujer desde la judicatura y las fuerzas policiales, que…»
En mi último post de lo que he sentido durante el año que nos deja, os recomiendo leer los dos anteriores Ahora que el año…(Post 1 de 3), y Ahora que el año…(Post 2 de 3) que viene a ser a modo reflexión interna, mi visión, de lo que percibo que ha sido el año que nos deja, sigo desgranando cuestiones, estímulos externos, para apoyar mi argumento de que vivimos en un sociedad castigada por la inmediatez y la baja tolerancia a la frustración (que no es mala cuando sirve de ensayo y error, ensayo y éxito), opiniones que, quiero dejar claro, son propias, que no pretender inculcar, ofender, mediatizar a quien no piense igual, faltaría mas; son eso mis opiniones, haciendo uso de mi libertad de expresión.
Y como decíamos ayer….»continuamos para bingo!». En efecto, el estamento judicial en España no vive su mejor momento. En unos tiempos de crisis de la estructura democrática de la que se dotó el país en la transición, desde la representatividad de los partidos políticos a la estructura territorial del Estado, pasando por la propia jefatura del Estado, la judicatura no se escapa de las críticas por parte de una parte importante de la ciudadanía.
El espíritu contestatario del 15-M, que ha sacudido el poder político, el económico y también en el mediático, apunta ahora hacia la justicia. Sentencias como la de ‘la Manada’, giros incomprensibles como el del Tribunal Supremo (TS) con las hipotecas, fallos europeos que enmiendan la plana a los tribunales españoles (el Tribunal de Justicia de la UE sobre las cláusulas suelo, la del Tribunal de Derechos Humanos de la UE sobre el juicio de Arnaldo Otegi), la instrucción del ‘procés’, con esa prisión preventiva tan difícil de justificar y el discutido y discutible delito de rebelión… son argumentos que se suman para que algunos dibujen una justicia española poco democrática, de baja calidad, oscura, sujeta al poder político y económico y muy conservadora, cuando no directamente heredera o nostálgica del franquismo.
Muchas de las críticas están más que justificadas. Pero de la misma forma que no todos los políticos son iguales, todos los partidos no son corruptos y todas las instituciones no son ineficaces, no todos los jueces son de derechas, machistas, fuertes con el débil y débiles con el fuerte. El poder judicial necesita con urgencia abrir las ventanas de sus estamentos, primar la meritocracia, mejorar la formación, evitar las cuotas partidistas y establecer mecanismos para que la independencia del juez no signifique arbitrariedad o apriorismos ideológicos. Pero también necesita que la política asuma su responsabilidad, tan pernicioso es politizar la justicia como judicializar asuntos que son políticos. Que la justicia española necesite reformarse no implica que España sea una democracia de baja calidad. No hay que confundir crítica con populismo.
El prestigio del poder judicial atraviesa horas bajas en España como consecuencia de sentencias que han provocado un profundo rechazo social, como la relativa a si deben ser los bancos o los particulares quienes corran con el impuesto de actos jurídicos documentados al contratar una hipoteca. Además, esta y otras resoluciones polémicas del Tribunal Supremo han venido a continuación de decisiones de tribunales europeos rechazando poner a disposición de la justicia española a algunos representantes políticos responsables de derogar la Constitución por vías de hecho y de tratar de imponer la independencia de Cataluña a la mayoría de ciudadanos que la rechazan, privándolos de sus derechos. La suma de unas y otras circunstancias ha fomentado un clima de opinión de acuerdo con el cual el poder judicial no es enteramente independiente, ni frente a otros poderes del Estado ni frente a grupos de presión. También se ha generalizado la idea de que la causa fundamental de este estado de cosas es la voracidad de los partidos políticos por colonizar la totalidad de las instituciones.
El grave desprestigio que padece la justicia exige huir tanto de la generalización como del reduccionismo, apuntando siempre en una dirección que, como la condena a los partidos, sirve para explicarlo todo a costa de impedir poner remedio a nada. Desde el momento en que los partidos son imprescindibles en el sistema parlamentario, la crítica puede dirigirse exclusivamente a la manera en la que actúan, no a la razón constitucional por la que lo hacen. Negar la intervención de las fuerzas políticas en la conformación del Poder Judicial, sustituyéndolas por las decisiones de los propios profesionales, no es solo tomar posición sino decirlo acerca de la organización de un poder del Estado, sino también sobre su fundamento último, democrático, como exige la Constitución, o técnico y corporativo. Pero invocar la necesidad de que los partidos intervengan para conectar los tribunales con la legitimidad democrática, según pretende el sistema español a través del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), no equivale a concederles carta blanca para cualquier acuerdo, en cualquier sede, ni por cualquier procedimiento.
El reciente pacto alcanzado por el Partido Socialista y el Popular ha incurrido en este último peligro, al confundir una negociación transparente entre grupos parlamentarios para decidir la composición del CGPJ con un oscuro apaño entre ejecutivas para promocionar a sus respectivos candidatos en diversas instancias de la justicia. El problema que suscita ese pacto no es consecuencia de ninguna deficiencia del sistema constitucional, sino de un mal uso impuesto durante los últimos años como consecuencia del intento de predeterminar desde los partidos las sentencias sobre los grandes escándalos de corrupción. Siendo esto así, no se puede olvidar que ese mal uso solo ha sido posible con la aquiescencia de los propios jueces y magistrados, que se han valido de él para afianzar sus carreras al calor de uno u otro partido. Solo contando con la participación de jueces y magistrados, dos fuerzas políticas como el Partido Socialista y el Popular pueden estar tan seguras acerca de los futuros nombramientos en el Tribunal Supremo y en el CGPJ cuando los vocales de este último no han sido siquiera nombrados.
Las reglas por las que se rige la justicia en España son ahora las mismas que durante los primeros años de vigencia de la Constitución, cuando se acreditó como un poder respetado y que hacía valer la independencia y la inamovilidad garantizadas por la Constitución. Si hoy ha dejado de ser así, no basta con señalar hacia fuera, sino que el retrato completo de la justicia exige mirar también hacia dentro.
Los asuntos medioambientales no suelen copar, ni mucho menos, la agenda política. Sin embargo, la escasez de precipitaciones y el aumento de la contaminación en los núcleos urbanos abre varios escenarios desalentadores de cara al próximo año. El reparto del agua, con cuencas hidrográficas y trasvases de por medio, siempre ha sido uno de los caballos de batalla de importantes autonomías. Y la contaminación de las grandes ciudades es un problema muy localizado en lo geográfico, pero con un enorme alcance en número de votantes. Aunque sea por las malas, quizá las políticas ambientales ganen algo de peso en el debate político de este año.
Pensiones y desempleados. En el décimo aniversario de la tormenta por la quiebra de Lehman Brothers los efectos del maremoto que vino después no han pasado del todo. Sin embargo, ha sido tal la intensidad del debate político que las consecuencias del temporal parecen haber desaparecido de los argumentarios. Sin embargo, el Ejecutivo ha ido vaciando la hucha de las pensiones, al tiempo que se ha reducido el número de contribuyentes y ha aumentado -más por pensionistas que por nuevos parados- el número de receptores. El descuadre del sistema es uno de los grandes problemas estructurales nacionales, y sólo es cuestión de tiempo que aflore. Quizá, quién sabe, sea ya inevitable a lo largo de este año que ahora empieza… y que ya veremos cómo termina.
Este año no quiero caer en el típico deseo de: “Paz en el mundo, salud y amor”. Me gustaría que 2019 fuera un año en el que se abordara con mayor éxito el maltrato a la mujer desde la judicatura y las fuerzas policiales, que el tema Cataluña se tratara con cabeza y mesura, pero que se tratara: y que el salario mínimo interprofesional aumentara al igual que las pensiones, que en algunos casos son irrisorias, como también la ayuda a la dependencia, que en muchas ocasiones es escasa y, en otras, inexistente. Mis deseos para este nuevo año que está a punto de empezar son cercanos y reales. En cualquier caso, a pesar de todo, deseo un feliz año a todo el mundo, aunque este deseo también sea otro tópico.
Los deseos de que con el año nuevo las cosas vayan a cambiar es un rito y no tanto una determinación de la que se siguen las consecuencias deseadas. Responden más a la resignación que a la esperanza y nos recuerdan dos hechos inexorables de la existencia humana: lo difícil que es cambiar y lo inexorable que es el cambio que acontece sin nuestra intención o permiso. Apenas podemos cambiar casi nada mientras casi todo cambia. Probablemente todo esto se deba a que interpretamos la agitación como el origen de los mayores cambios y no tenemos ningún órgano que, en periodos de calma, nos haga percibir las modificaciones latentes o de fondo. Y por ahí, por esa agitación del resultado inmediato, es por donde surge la frustración.
El otro gran momento ritual de cambio son las elecciones políticas. “Por el cambio” se convirtió hace tiempo en un eslogan banal tras el cual los votantes no identificamos una voluntad radicalmente transformadora sino el deseo de invertir la relación entre quienes están actualmente en el Gobierno y la oposición, una mera alternancia (que a veces no viene nada mal). Que vayan a cambiar las agendas, las prioridades, el estilo de gobierno o la cultura política es algo que depende en parte de la voluntad de los nuevos gobernantes y de que los actuales contextos permitan hacer cosas distintas, o sea, es bastante improbable.
Los deseos de cambio contrastan con nuestra experiencia, personal y colectiva, de la dificultad de cambiarse y cambiar. En el ámbito social, hay una inercia colectiva que se manifiesta como resistencia al cambio, aceleración improductiva, desorden persistente o dinámica ingobernable, que no deberíamos minusvalorar y que solo se puede modificar indirectamente, con incentivos de diverso tipo. El estancamiento es compatible con el hecho de que el sistema político sea un lugar de gran agitación y de discursos enfáticos para ponerlo todo patas arriba. Uno se ha movido mucho, ha elevado el tono, le ha llamado al orden la presidenta del Congreso, ha provocado un estancamiento más que una transformación y al final sigue gobernando la derecha, la izquierda, la corrupción… El gran problema de nuestros sistemas políticos es la inestabilidad debida a que no se realizan los cambios necesarios. ¿Alguien ha tomado nota de cuántas veces hemos exigido cambiar de modelo productivo, un pacto educativo o la reforma de la Constitución? Más que palancas, iniciativas o puntos de Arquímedes, la física social está llena de vetos, bloqueos, inflexibilidad, impedimentos y rigideces.
Al mismo tiempo, las sociedades no dejan de cambiar, pero apenas como consecuencia de nuestra intención de hacerlo. ¿Quién cambia el mundo cuando el mundo cambia? El discurso voluntarista habla de transformación pero, de hecho, lo que se produce son cambios de paradigma que tienen muy poco que ver con iniciativas de nuestra voluntad. Se trata de modificaciones de las cosas, a veces de una gran profundidad, pero que no son planificadas, dirigidas o declaradas. La imagen de un autor soberano que planifica, lidera o revoluciona, parece incompatible con el hecho de que donde actuamos también actúan otros y que aquello que deseábamos cambiar lo hace en un sentido diferente del que habíamos pretendido. No está claro qué parte del cambio del mundo es debido a nuestra voluntad y qué ha cambiado por sí mismo.
De hecho, la mayor parte de los cambios políticos han tenido su origen en un movimiento social o en una iniciativa fuera de la vida institucional de los Gobiernos y los parlamentos, dedicados a legislar sobre el pasado o a reaccionar a las crisis, casi nunca a anticiparse y gobernar para el futuro. Los partidos, esos supuestos agentes de la configuración de la voluntad política, subcontratan la elección de sus candidatos en los movimientos sociales, que condicionan sus decisiones y su agenda.
De manera discreta, imperceptible a veces, las líneas de conflicto se desplazan, nuestras interpretaciones de la realidad se desgastan, algunas convenciones dejan de tener sentido para una mayoría considerable. Ciertas maneras de actuar se transforman, de la noche a la mañana, en ridículas (basta con oír algunos discursos políticos, la representación del poder, la composición abrumadoramente masculina de los Gobiernos y parlamentos de, pongamos, treinta o cuarenta años). Las oleadas de indignación en medio de la crisis económica o las recientes denuncias contra el acoso sexual son ejemplos de que, sin saber muy bien cómo (habrá alguna explicación retrospectiva, pero no será el resultado de una iniciativa política previa), algo más o menos consentido pasa un día a ser considerado como intolerable.
El terrorismo había sido combatido desde muchas instancias, pero su final se produce cuando coinciden circunstancias que hacían que algo que ya era desde su origen una monstruosidad aparezca también como una estupidez inútil. Yo no vivía en Alemania cuando cayó el muro de Berlín y recuerdo lo incapaces que éramos de explicar su hundimiento por una sola causa o quién lo había provocado; sabíamos la arbitrariedad que simbolizaba, pero tuvieron que producirse un conjunto de circunstancias que no tenían nada de intencional para que de un día para otro ese Muro resultara además un sinsentido.
¿Hemos de renunciar entonces a formular cualquier propósito de cambio? De entrada hay que saber reconocer cuándo y en qué medida son necesarios los cambios, del mismo modo que los sistemas políticos no deben desconocer que todo proyecto de transformación social tiene límites, efectos no deseados, inercias y resistencias, que las sociedades no se pueden cambiar a golpe de decreto, por voluntarismo o sin contar con amplias complicidades sociales.
Pese a todo, podemos plantearnos algunos objetivos que sólo son modestos en apariencia. Comencemos por reconocer que a veces interpretar bien el mundo es una buena manera de cambiarlo o, en cualquier caso, la condición para poder hacerlo. Y sigamos con el propósito de mejorar nuestra atención: en el espacio (examinando las capas profundas de la sociedad) y en el tiempo (mirando un poco más lejos). Lo latente y lo lejano tienen que ganar peso político frente a lo visible e inmediato.
Aunque no podamos cambiar todo lo que quisiéramos, ni en la medida en que nos parece deseable, sí está en nuestras manos trabajar para que en el futuro suceda eso improbable que no está a nuestro alcance como sujetos aislados. Quién sabe si, al describir un día la cadena causal de un cambio social, ese acto aislado (como la inmolación de Mohamed Bouazizi, aquel joven tunecino que desató la primavera árabe o la denuncia de la actriz Ashley Judd contra el acoso sexual en Hollywood), pueda ser identificado como el que desató la reacción colectiva, el que fue imitado y terminó por formar una gran cascada. Por eso estamos obligados a hacer bien aquello que nos toca. Como nunca sabemos del todo si nos quedaremos solos o seremos el comienzo de un cambio, hagamos bien lo que tenemos que hacer por si acaso alguien culmina lo que empezamos.
Y esto, querido lectores, exige, paciencia, trabajo, determinación y constancia, todo aquello que es diametralmente opuesto a la impaciencia, improductividad, indeterminación o duda, e inconstancia. Solo ello es facilitador de satisfacción y lucha en contra de la disforia, de la frustración, así que extrapolemos los estímulos negativos a nuestra vida para convertirlo en ejemplo de lo que no es motor de cambio, somos libres, si, somos libres para decidir que si algo que vemos es malo, es que no avanzamos en el buen camino, y ello traducido a nuestra propia vida, se convierte en que debemos ser mas reflexivos, pacientes, constantes y trabajadores, que nada viene rápido, que un éxito sin trabajo es efímero, que debemos de cuidar más de nuestras relaciones, y de los “nuestros”, que solo ello genera satisfacción interior.
Con mis mejores deseos para 2019, yo sigo, y espero seguir encontrándonos en el camino, así que si necesitas, un hombro en el que llorar, te ofrezco el mío, una cerveza que tomar, dime donde y cuando, un proyecto que ayudar a hacerse realidad, estás tardando, un consejo que dar o recibir, aquí te espero, un desacuerdo que arreglar, siempre dispuesto…Feliz salida y entrada de año.