LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LA MANIPULACIÓN TORTICERA DE LA REALIDAD EN LAS RESIDENCIAS DE PERSONAS MAYORES
Emociones ¿Nos ayudan en el proceso del envejecimiento?

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La actualidad manda, o eso se suele decir, pero quiero comenzar este post, igual que en mi artículo anterior diciendo: quiero aclarar que lo que voy a escribir, es fruto de mi reflexión personal, que soy el único responsable de mi análisis, y que lejos de tener mi análisis ningún sesgo político, intento describir una realidad basada en hechos, y que criticaría de igual manera, si el gobierno fuera de otro signo ideológico (ya lo hice con la nula política social de Rajoy, en su día, de rescatar a los bancos y no a las personas). Lo digo para aquéllos que tras su lectura (agradeciendo de antemano la atención) me apliquen algunos de los clichés que estamos viendo últimamente en contra del pensamiento único, tachándome de ultraderechista, aprovechado insolidario, ventajista, y/o, peor, me puedan aplicar la censura de la que tristemente me he hecho eco en algún post en mis redes sociales.

Es un intento objetivo de describir lo que creo (como catarsis personal) tras la lectura de la sucesión de hechos en relación con esta gestión desde el trece de marzo, y por si lo antecedente expuesto no fuera suficiente, declaro que soy uno de esos muchos españoles que a superado lo de las dos Españas, que no pertenezco ni a los rojos ni a los azules, y que creo que tal y como se van sucediendo las cosas no se trata de ideologías, se trata de gestión, y así como la gestión empresarial es algo fundamental para toda compañía que espere mantener e incluso aumentar el rendimiento, la productividad y la eficiencia; en éstas circunstancias la gestión política y social es, si cabe, lo siguiente a fundamental, si lo hay, en una crisis sanitaria. Comencemos:

Y como en todo hay un principio…

Sabíamos que esto iba a pasar. Si les parece que esta forma de expresarme es hiperbólica, tengan en cuenta un análisis más sobrio realizado por el Instituto de Medicina de Estados Unidos en 2004. Se evaluaban las lecciones del brote de Sars de 2003 citando a Goethe: «Saber no es suficiente; debemos aplicar. Querer no es suficiente, debemos actuar». Concluía que «la veloz contención del Sars es un éxito de la salud pública pero también una advertencia… si el Sars sucede de nuevo… los sistemas sanitarios de todo el planeta recibirán una presión extrema… una vigilancia continua es de vital importancia”. El mundo hizo caso omiso a las advertencias.

Ian Boyd, quien fuera asesor científico del gobierno británico entre 2012 y 2019 recordó recientemente que «un entrenamiento realizado para un escenario de pandemia de gripe en el que morían alrededor de 200.000 personas me dejó hecho trizas». ¿Sirvió para que algún gobierno tomara medidas? «Aprendimos lo que funcionaría en caso de tener que aplicarlo, pero no necesariamente se pusieron en marcha las lecciones aprendidas”.

Las políticas de austeridad, en nuestro país, acabaron con la ambición y compromiso por parte de los gobiernos de proteger a sus ciudadanos. El objetivo político fue disminuir el rol del Estado, que tuviera menor capacidad de intervención: el resultado fue dejar al país herido de gravedad. Sean cuales fueren las razones por las que no se aplicaron las lecciones de las simulaciones de Sars y gripe, el hecho es que –Boyd lo ha sintetizado- «nuestra preparación era deficiente».

La respuesta global al Sars-CoV-2 es el mayor fracaso de la política científica de nuestra generación. Las señales estaban ahí. Hendra en 1994, Nipah en 1998, Sars in 2003, Mers en 2012 y Ébola en 2014; todas esas grandes epidemias que afectaron a los humanos fueron causadas por virus que nacen en los animales y luego saltan al ser humano. El Covid-19 lo causa una nueva variante del virus que causó el Sars.

A nadie sorprende que las señales de alarma pasaran inadvertidas. Pocos de nosotros tienen la experiencia de una pandemia y todos tenemos parte de culpa por haber ignorado información que no refleja nuestra propia experiencia del mundo. Las catástrofes ponen de manifiesto la debilidad de la memoria humana. ¿Cómo puede planificarse ante un suceso aleatorio y extraño, más cuando el sacrificio exigido es tan intenso?.

Antecedentes de hecho, como si de la redacción de una demanda se tratara:

31 de enero: Primer caso en territorio español. El Ministerio de Sanidad confirmó que un turista de nacionalidad alemana había dado positivo en la isla canaria de La Gomera, después de haber contraido el virus en su país de origen. Este mismo día, llegan a Madrid los españoles evacuados desde Wuhan. Todos estaban asintomáticos y pasaron 12 días de cuarentena en el Hospital Gómez Ulla de Madrid.
9 de febrero: Segundo caso de coronavirus en España. Se trata de un paciente británico ingresado en el Hospital Universitario Son Espases, en Mallorca.
12 de febrero: El coronavirus obliga a cancelar el Mobile World Congress, que iba a celebrarse en Barcelona a finales de febrero.
25 de febrero: El coronavirus se detecta por primera vez en la Península. Durante este día, se certifican positivos en Madrid, Barcelona y Castellón.
4 de marzo: Confirmada la primera muerte asociada al coronavirus en España. Es un hombre de 69 años que había fallecido el 13 de febrero en Valencia. La enfermedad se detecta en una necropsia posterior. El Gobierno todavía no toma medidas de contención.
7 de marzo: Se conoce la noticia de que un funeral celebrado en Vitoria dos semanas antes se convertía en el mayor episodio de propagación del coronavirus registrado en España. Más de 60 asistentes a la ceremonia resultaron contagiados, 38 viven en Haro y Casalarreina (La Rioja) y otros 25 en Álava.
8 de marzo: 674 casos diagnosticados en España y 10 muertos. El PSOE asegura en su cuenta de Twitter que «hay que salir a llenar las calles» en la manifestación del Día Internacional de la Mujer. Desde Europa, se desaconsejó su celebración para evitar la propagación del virus.
9 de marzo: Sanidad reporta más de 1.200 positivos confirmados, más del doble que el día anterior. Se asume que se está produciendo «transmisión comunitaria» en Madrid y País Vasco. Madrid anuncia que cerrará los centros educativos durante 15 días. Los fallecidos ascienden a 28.
10 de marzo: El Ministerio de Sanidad pasa a un escenario de «contención reforzada» en zonas de alta transmisión: Madrid, Vitoria y Labastida. Las Fallas de Valencia se aplazan. La Rioja y Vitoria también cierran todos sus centros educativos. Las elecciones vascas y gallegas, en el aire.
11 de marzo : Diecinueve fallecidos en seis comunidades autónomas elevan a 55 los muertos con coronavirus. Los supermercados descartan el riesgo de desabastecimiento tras registrar largas colas y alta demanda. La OMS califica al coronavirus como una pandemia.
12 de marzo: Todas las comunidades deciden cerrar los centros educativos. Se confinan Igualada y tres municipios de Barcelona. El IBEX 35 sufre la mayor caída de su historia. El Gobierno anuncia que destinará 3.800 millones a la Sanidad e inyectará 14.000 a la economía ante el impacto del coronavirus.
14 de marzo: Durante un Consejo de Ministros extraordinario se aprueba el Real Decreto Ley para combatir la pandemia del coronavirus. De este modo, y según explica Pedro Sánchez en una rueda de prensa, el Gobierno se convierte en la única autoridad y confina toda España.

Del resto y a partir de ahí, ya no hacen falta cronologías, Reales Decretos, provistos de las prisas, sin desarrollo normativo y sin protocolos claros de actuación, que han traído ERTES rechazados, y los que están aceptados, todavía sin cobrar, autónomos en la cuerda floja, con aplazamientos que no sirven de nada salvo aumentar deudas, líneas ICO, prácticamente agotadas, (ya no hacen mas y desconozco a fecha de hoy, si se han cobrado), préstamos con garantía del Estado que no se han habilitado hasta la fecha por ninguna institución financiera que conozca, y, una inyección de capital inexistente, que se desgrana en 1.000 millones que se dijo irían a las CCAA, que no es financiación extra, sino que se debe a dichas Comunidades a cuenta de los presupuestos, y otros 22.000 millones que ni están ni se les espera.

Por no hablar de las compras de material defectuoso, por dos y tres veces, la guerra de cifras por los fallecidos, y la falta de entrega de material y de test, aún a fecha actual.

El primer deber de un gobierno es proteger a sus ciudadanos. Los riesgos de una pandemia pueden medirse y cuantificarse.

“¿Qué salió mal?”, considerando que la proximidad de España con Italia no puede servir de excusa, ya que entre ambos países no existe una frontera terrestre. “Francia, Suiza, Austria y Eslovenia están más cerca que Italia y están mucho mejor” que España.

El director del Centro de Coordinación de Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, afirmó afirmó que España “solo tendrá un puñado de casos”. “Seis semanas después da cifras diarias de cientos de muertos. El número de fallecidos per cápita ya es tres veces mayor que el de Irán y 40 veces mayor que el de China”.

Entre los grandes fallos de la gestión se señalan directamente al Atalanta-Valencia, que se jugó en Bérgamo (Lombardía) a pesar de que iban en aumento los contagios, y la cultura española de socializar repartiendo besos, abrazos y charlas a corta distancia.

El 8 de marzo, justo una semana antes de que se decretara el estado de alarma, lo marcan en rojo como uno de los peores días de la gestión, pero no solo por las manifestaciones feministas: aquel día también se realizaron eventos deportivos y conferencias de partidos políticos que aglutinaron a muchas personas.

Una vez que el coronavirus entró en el país se evidenció que España carecía de equipos esenciales como ventiladores, mascarillas, ropa protectora o kits para realizar las pruebas. “España tiene un magnífico sistema de atención primaria, pero sus hospitales se han visto afectados por una década de austeridad desde la crisis financiera. Solo tiene un tercio de las camas de hospital per cápita en comparación con Austria o Alemania”.

Sánchez, todavía, tardara más de un día en implementar el estado de alarma que había anunciado, algo que provocó que la gente se dispersara por todo el país para irse a segundas residencias.

Queda claro y demostrado hoy por hoy que los peligros de una nueva epidemia se sabían, es mas se sabían y comprendían desde la aparición del VIH en la década de los 80. Desde entonces, al menos 75 millones de personas se han contagiado de ese virus y han muerto 32 millones de personas. Puede que no se haya extendido por el planeta a la velocidad del Sars-CoV-2 pero su alargada sombra debería haber puesto sobre alerta a los gobiernos para que tomaran las medidas necesarias ante el estallido de un nuevo virus.

Durante una crisis, es comprensible que tanto ciudadanía como políticos se conviertan en expertos. Pero en esta ocasión, los expertos, los científicos que han modelizado y simulado futuros posibles, dieron como hechas algunas realidades que luego resultaron no ser ciertas. España asumió que esta pandemia se parecería bastante a una gripe. El virus de la gripe no es benigno, el número de personas fallecidas cada año por gripe en España se ha de considerar, pero la gripe no es Covid-19.

En contraste, China quedó marcada por su experiencia con Sars. Cuando el gobierno se dio cuenta de que había un nuevo virus en circulación, las autoridades chinas no recomendaron el lavado de manos, ni toser con más educación o tener cuidado con el lugar en el que se tiraban los kleenex. Pusieron ciudades enteras bajo cuarentena y apagaron la economía.

Quizás por ese motivo, el comité más importante del gobierno en esta crisis, el recién creado “comité de expertos”, llegó a una conclusión el 21 de febrero, tres semanas después de que la Organización Mundial de la Salud hubiera declarado la crisis una emergencia de salud pública de alcance internacional: no objetaba la evaluación de riesgo «moderado» a la salud pública de la población de España. Cometieron un error importante.

No elevar el nivel de riesgo tuvo como consecuencia un retraso mortal a la hora de preparar al sistema de salud ante la ola de infecciones que estaba por venir. Es doloroso releer las peticiones desesperadas de ayuda por parte del personal de primera línea del sistema sanitario público en España. «El agotamiento del personal de enfermería nunca ha sido tan alto y muchas de nuestras heroicas/os, medicos/as, enfermeras/os están al borde de un ataque de nervios». «Enferma ver que esto sucede y que, de algún modo, el país, cree que es lo correcto permitir que algunos trabajadores enfermen, reciban ventilación y mueran». «Me siento como un soldado que va a la guerra desarmado». «Es un suicidio». «Estoy harto de que me llamen héroe porque si tuviera opción no vendría a trabajar”.

La disponibilidad y el acceso a equipos de protección individual ha fracasado de manera estrepitosa en el caso de muchos sanitarios, médicos y personal de enfermería. Algunos gestores de hospitales habían hecho la planificación correcta. Muchos no han sido capaces de proveer los equipos de protección necesarios a sus equipos de respuesta en primera línea.

En cada conferencia de prensa, el ministro de sanidad, el comité de expertos, el propio presidente, incluyen la misma frase: «Hemos seguido los consejos médicos y científicos». La frase es buena. Sólo es cierta en parte. Los políticos sabían que el sistema de salud no estaba preparado. Sabían que no se habían organizado las capacidades suficientes para proveer de cuidados intensivos ante un incremento de casos y necesidades como las actuales.

Se supone que vivimos en el ‘antropoceno’, una era en la que la actividad humana  impone su influencia sobre el medioambiente. El concepto de antropoceno conjura una cierta idea de omnipotencia humana. Pero el Covid-19 revela la sorprendente fragilidad de nuestras sociedades.

Ha expuesto nuestra incapacidad para cooperar, coordinarnos y actuar juntos. Quizás no podamos controlar el ámbito de lo natural en absoluto. Quizás no tengamos la capacidad de control que alguna vez creímos tener.

Si el Covid-19 es capaz de imbuir algún grado de humildad al ser humano, es posible que después de todo acabemos mostrando cierta receptividad a las lecciones de esta pandemia letal.

O quizás nos sumerjamos de nuevo en nuestra cultura de complacencia y excepcionalismo en tanto llegue la próxima plaga. Que lo hará.

La historia reciente nos muestra que más temprano que tarde.